Kast no llegó solo: la izquierda que lo incubó
Hay algo que la izquierda chilena no quiere escuchar y que alguien tiene que decir sin guantes: José Antonio Kast no es una anomalía. Es una consecuencia.
El 11 de marzo de 2026, cuando un presidente de extrema derecha asumió el poder en el país que hace apenas seis años se llenó de banderas, murales y la promesa de que todo iba a cambiar, la tentación fue culpar al miedo, a la derecha mediática, a las fake news, a los venezolanos, a Bukele, al TikTok. La tentación fue, como siempre, mirar hacia afuera.
Pero el problema está adentro. Y lleva nombre.
El estallido como coartada
Octubre de 2019 fue real. El malestar era profundo y legítimo. Pero la izquierda cometió el error más antiguo del libro: confundió la temperatura de la calle con un mandato electoral sobre el futuro. Se creyó dueña de un movimiento que no tenía dueños.
Lo que vino después fue una sucesión de errores que no nacieron del azar sino de una cultura política que privilegia la pureza sobre la eficacia. La Convención Constitucional fue, en buena parte, un ejercicio de autocomplacencia colectiva: un texto que hablaba principalmente a quienes ya estaban convencidos, que acumuló demandas como si el papel tuviera capacidad infinita, y que confundió audacia con exceso. No es casualidad que haya sido rechazado dos veces. El segundo rechazo —el del texto de derecha— fue otra historia, pero el primero fue una autocrítica que nadie quiso asumir.
El Gobierno de Gabriel Boric llegó con energía genuina y terminó atrapado entre la urgencia de gobernar y la presión de un bloque que nunca terminó de entender que el poder no es un seminario.
La seguridad como abandono
Hay un dato que no miente: entre 2021 y 2022, los homicidios en Chile aumentaron un 45%. El crimen organizado transnacional —venezolano, albanés, chileno— instaló operaciones en ciudades que no estaban preparadas para eso.
¿Cuál fue la respuesta de la izquierda? Tardía, defensiva, retórica.
Mientras la ciudadanía —especialmente los sectores populares, los mismos que marchan y pintan murales— pagaba el costo cotidiano de vivir con miedo, una parte del mundo progresista debatía los enfoques conceptuales correctos para nombrar la crisis. Se tenía más cuidado con el vocabulario que con los datos.
A mí no me parece raro que alguien que lleva tres años sin poder sentarse en la plaza del barrio vote por quien promete limpiarla, aunque limpiarla signifique cosas que en otro contexto rechazaría. El miedo es un voto razonado cuando nadie más te ofrece una respuesta creíble.
La izquierda entregó ese terreno. Y Kast lo recogió.
Los jóvenes que se fueron
Lo más revelador de las elecciones de 2025 no fue que ganara Kast. Fue quién lo votó.
Una fracción significativa del voto joven —la misma generación que salió a marchar, que hizo el estallido posible— se fue a la derecha. No por convicción ideológica. Por desilusión.
Hay una diferencia crucial entre esas dos cosas y la izquierda no la distinguió. El joven que vota a Kast en 2025 no es un fascista: es alguien que votó esperanza en 2021, no vio resultados concretos en su vida, y decidió probar con el otro extremo. Es la lógica del consumidor decepcionado, no del creyente converso. Es volátil, reversible, potencialmente recuperable.
Pero eso requeriría que la izquierda hiciera algo que le cuesta enormemente: autocrítica sin victimismo.
Lo que sigue
No tengo certeza de que Kast vaya a gobernar bien. Tengo la sospecha razonada de que sus promesas más duras —deportaciones masivas, militarización de fronteras, cárceles bukeleanas— van a estrellarse con la realidad institucional, jurídica y económica de un país que tiene un Congreso fragmentado y una deuda social que no se paga con eslóganes de orden.
Lo que sí sé es que la izquierda tiene una tarea que no puede seguir postergando: dejar de hablar para sí misma.
El Chile que votó a Kast no es el Chile de los think tanks ni el de las columnas. Es el Chile que tiene miedo en el metro, que no puede pagar el arriendo, que lleva seis años esperando que “el cambio” signifique algo en su mesa. Ese Chile existe. Y si la izquierda sigue sin verlo, Kast no será el último en cobrarle la deuda.
Leonor Valdés es columnista de opinión. Escribe desde Santiago.
← Volver a la portada