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Armas, cuchillos y molotovs: ¿Chile entró en una nueva fase de violencia escolar?

Por Margarita Hencke  |  Publicado el Miércoles 1 de abril de 2026  |  El Vigilante  ·  7 min de lectura
Armas, cuchillos y molotovs: ¿Chile entró en una nueva fase de violencia escolar?

La muerte de la inspectora María Victoria Reyes en Calama no parece un caso aislado. En menos de una semana se acumularon episodios con armas de fuego, cuchillos, drogas y bombas molotov en colegios de distintas ciudades del país, mientras las denuncias por violencia escolar y agresiones a docentes ya venían subiendo desde antes.

La pregunta dejó de ser si hubo una simple racha de casos impactantes. El cuadro que empieza a emerger es otro: Chile podría haber entrado en una fase más grave de violencia escolar, con ataques más sofisticados, presencia de armas dentro de establecimientos y agresiones directas contra adultos de las comunidades educativas, justo cuando el Estado recién termina de ajustar su marco legal para enfrentar el problema.

Una seguidilla demasiado consistente

La línea de tiempo de los últimos días es difícil de despachar como mera coincidencia.

El 27 de marzo, en el Instituto Obispo Silva Lezaeta de Calama, un estudiante de 18 años mató a la inspectora María Victoria Reyes e hirió a otra funcionaria y a tres alumnos. La Fiscalía describió el caso como el primer episodio de Violencia Escolar Dirigida (Targeted School Violence, TSV) detectado en Chile, una categoría reservada para ataques premeditados contra miembros de una comunidad educativa, con indicios de planificación de al menos cuatro meses.

Tres días después, un adolescente de 14 años intentó ingresar con una pistola cargada al Colegio Polivalente Japón de Curicó. El 31 de marzo, un alumno de 17 años fue sorprendido con dos pistolas, cocaína y dinero en efectivo en un liceo de Angol; un escolar de 15 años fue apuñalado en las manos en Ñuñoa al defender a una compañera; un niño de 10 años fue detectado con un cuchillo en la mochila en Concepción; y encapuchados lanzaron bombas molotov en el Liceo Lastarria de Providencia, con un profesor lesionado.

El 1 de abril la secuencia siguió: un estudiante de 17 años fue sorprendido con una pistola Glock calibre .40 en un colegio de Rancagua y quedó con arresto parcial; en Valparaíso, un alumno de 12 años fue denunciado por amenazas de muerte contra otro estudiante en un video donde exhibía una aparente arma de fuego; y en Viña del Mar se detectó a alumnos con un cuchillo tipo cortaplumas, una manopla y bengalas en un establecimiento. El mismo día, en la Escuela D-54 de Calama, un alumno de 15 años fue apuñalado por su compañero de curso cuando se dirigía a tomar su furgón —la víctima fue intervenida quirúrgicamente y está fuera de riesgo vital. Y en Antofagasta, el Liceo B-13 Domingo Herrera Rivera suspendió clases tras recibir una amenaza de tiroteo, activando su plan de seguridad escolar.

Si se retrocede un poco más, el caso bisagra fue la balacera del 29 de mayo de 2025 en el Colegio Nuevos Horizontes de San Pedro de la Paz, donde dos encapuchados ingresaron al establecimiento y dejaron a tres estudiantes heridos. En ese momento fue leído como un hecho inédito. Hoy empieza a verse como un aviso temprano.

Las cifras ya venían subiendo

Los números de la Superintendencia de Educación sugieren que no se trata solo de una semana anormal.

Durante el primer trimestre de 2025 se registraron 2.501 denuncias por violencia escolar, un alza de 14,2% respecto del mismo período de 2024. Dentro de esa cifra, el maltrato a párvulos y estudiantes subió 22,7%, mientras que las agresiones contra adultos de la comunidad educativa se dispararon 121,2%, pasando de 33 a 73 casos a nivel nacional.

En paralelo, las agresiones de estudiantes contra docentes siguieron escalando. En 2025 se registraron 125 denuncias, la cifra más alta desde 2017, con un aumento de 39,4% frente a 2024.

Los datos no bastan por sí solos para probar una “epidemia”, pero sí muestran que la crisis no nació con Calama. La curva ya venía en ascenso. Lo nuevo es la visibilidad y la gravedad de los episodios.

De la pelea escolar a la lógica del arma

Lo que parece estar mutando no es solo la cantidad de hechos, sino su naturaleza.

Durante años la conversación sobre convivencia escolar en Chile giró en torno al bullying, las riñas, el ciberacoso o los conflictos disciplinarios. Los episodios recientes empujan el problema a otro terreno: armas de fuego, ataques premeditados, objetos incendiarios, amenazas grabadas en video y agresiones directas a funcionarios.

No es lo mismo una pelea espontánea en un recreo que un alumno que entra con una Glock, otro que llega con dos pistolas y cocaína, o un atacante que planifica durante meses un acto de violencia dirigida. Tampoco es lo mismo un conflicto entre pares que un profesor lesionado con molotovs o una inspectora asesinada dentro del colegio.

Esa diferencia importa porque obliga a preguntarse si el sistema escolar, el Estado y las familias están enfrentando una mutación del problema con herramientas pensadas para una etapa anterior.

Una respuesta que llega tarde

El contraste con la reacción institucional es llamativo.

La Política Nacional de Convivencia Educativa 2024-2030 fue presentada en 2024 e incluye un plan de acción con 42 medidas de implementación progresiva para 2025 y 2026. Y este 1 de abril fue publicada en el Diario Oficial la Ley 21.809, sobre convivencia, buen trato y bienestar de las comunidades educativas.

La nueva normativa obliga a los establecimientos con aporte estatal a contar con coordinadores de convivencia con dedicación exclusiva, crea instrumentos de planificación y autoriza, bajo condiciones, el uso de detectores de metales y otras herramientas de detección de armas o artefactos incendiarios.

El problema es temporal y político: muchas de esas herramientas aparecen cuando la crisis ya está instalada. La sensación que deja la secuencia es que la institucionalidad legisló después de que la violencia escolar cambió de forma.

Qué pudo cambiar

Todavía falta investigación más fina para responderlo con certeza, pero hay al menos cinco factores que empiezan a repetirse en el diagnóstico.

El primero es el efecto rezagado de la pandemia: estudiantes que perdieron años clave de socialización, regulación emocional y convivencia presencial.

El segundo es el debilitamiento de la autoridad escolar y familiar: colegios que muchas veces sienten que tienen pocas herramientas reales para contener, sancionar o intervenir antes de que el conflicto escale.

El tercero es la crisis de salud mental infantojuvenil, que no puede usarse como explicación simple ni estigmatizante, pero sí aparece como telón de fondo de múltiples trayectorias de desregulación, trauma y deterioro conductual.

El cuarto es la normalización social de la violencia: acceso más cercano a armas, entornos marcados por narcotráfico, cultura digital agresiva y exposición constante a escenas extremas.

Y el quinto es la respuesta pública reactiva: protocolos, leyes y planes que llegan tarde, con implementación lenta y con una capacidad desigual entre establecimientos.

La pregunta de fondo

Chile no enfrenta solo una acumulación de casos policiales dentro de colegios. Lo que empieza a dibujarse es algo más inquietante: una escuela más permeable a la violencia que ya existe fuera de ella.

Por eso la discusión no puede reducirse a si se ponen o no pórticos detectores, ni a contar cuchillos y pistolas halladas en mochilas. La pregunta de fondo es si el país dejó crecer durante años una crisis de convivencia, salud mental, autoridad y violencia social hasta que el colegio dejó de ser una barrera y pasó a convertirse en otro escenario del problema.

Si esa hipótesis se confirma, Calama no habrá sido una excepción monstruosa, sino el punto en que una crisis más larga se volvió imposible de ignorar.



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